Principio estoico: anticipación y ansiedad: sufrir dos veces no protege de nada.
El correo había llegado el lunes a las 16:43. Asunto: Actualización de situación — jueves 10 h. Remitente: Frédéric Lassalle, director regional. Cuerpo del mensaje: tres líneas, ni una más ni una menos. Hola Nathalie, ¿podrías pasar el jueves por la mañana para una actualización de situación? Confirma tu disponibilidad, por favor. Firma automática con el logotipo de la empresa y una nota sobre reciclar los correos.
Nathalie Voss había confirmado su disponibilidad en cuarenta segundos, el tiempo que le llevó leer el mensaje tres veces para asegurarse de que no se le escapaba nada. No se le escapaba nada. No había nada que se le pudiera escapar. Tres líneas, un logotipo, una invitación a reciclar sus correos de forma responsable.
Pasó el resto del lunes sin pensar en ello.
El lunes por la noche repasó los expedientes de los últimos seis meses. No todos: se detuvo en noviembre, porque noviembre estaba bien, todo estaba bien, no había hecho nada particularmente malo ni particularmente brillante, lo cual era en sí mismo quizá un problema, esa falta de relieve, ese perfil razonable que podía convertirse, en ciertas reestructuraciones, en el primero en caer porque nadie recordaba con precisión por qué se lo había conservado.
La palabra reestructuración no estaba en el correo. La palabra situación sí, lo cual no era exactamente lo mismo, pero podía, bajo cierta luz, parecérsele.
Cerró los expedientes y vio un programa sobre ballenas azules.
El martes le preguntó a su colega Sabine si Lassalle había convocado a alguien más. La pregunta se formuló con el tono de quien simplemente intenta coordinar horarios, lo cual no engañó a Sabine, pero ahorró a ambas tener que responder de forma directa.
—No lo sé —dijo Sabine—. A mí me mandó algo parecido en octubre. Era sobre los objetivos trimestrales. —Ah. —Pareces preocupada. —No, estoy coordinando horarios.
Sabine asintió con la buena voluntad de quien decide no insistir más.
El martes por la noche, Nathalie releyó el correo por última vez. Actualización de situación. En dieciséis años en esta empresa había recibido correos de este tipo unas veinte veces. Diecinueve de cada veinte se trataba de objetivos trimestrales, de un expediente que revisar o de una reorganización departamental que no la afectaba directamente. La vigésima vez había sido una petición de que asumiera un equipo adicional, lo cual tampoco era buena noticia, pero por razones distintas.
Anotó estas estadísticas en un rincón de su mente, las encontró tranquilizadoras durante unos ocho minutos, y luego dejó de creer en ellas.
El miércoles fue el más largo.
Preparó un documento resumen de sus proyectos en curso —tres páginas, contenidas, bien estructuradas— y luego se preguntó si llevar un documento resumen a una reunión titulada actualización de situación era señal de una ansiedad desproporcionada o de una preparación profesional. Decidió que las dos cosas no eran mutuamente excluyentes e imprimió el documento.
Pensó en su piso. Pensó en su préstamo. Pensó que a su préstamo aún le quedaban once años, y que once años era una duración que, dado el estado actual del mercado laboral a los cuarenta y cuatro años en su sector, merecía una consideración seria. Lo consideró seriamente durante unos veinte minutos, y luego fue a preparar té, porque pensar seriamente en el propio préstamo sin ninguna información concreta era un ejercicio que costaba algo sin producir nada.
Esa noche comió poco, durmió mal, y se levantó a las 6:15 con la sensación de haber cumplido ya una jornada completa de trabajo sin haber logrado nada.
La reunión del jueves duró veintidós minutos.
Lassalle tenía el café de siempre, el bolígrafo que nunca soltaba y el aire ligeramente preocupado que era su expresión de reposo. Le habló de los resultados del trimestre —sólidos—, de un cliente que había pedido cambiar de contacto —por razones de proximidad geográfica, nada personal— y de un puesto de coordinador que se abría en enero en el equipo de Lyon, por si le interesaba, sin ninguna obligación, solo para que lo supiera.
Ella tomó notas. Dijo que se lo pensaría, lo de Lyon. Él dijo que eso era del todo razonable. Hablaron brevemente de las vacaciones de fin de año, de que el invierno había llegado pronto este año, y de la renovación del aparcamiento del Edificio B, que nadie entendía por qué estaba tardando tanto.
Salió con su documento resumen bajo el brazo. No lo había sacado.
En el ascensor pensó en los tres días y medio que acababa de vivir. Los contó, con bastante precisión: los expedientes de noviembre, las estadísticas de las veinte reuniones anteriores, el préstamo de once años, los ocho minutos de tranquilidad, el té, el sueño entrecortado. Una suma de horas dedicadas a un acontecimiento que se había desarrollado de una manera completamente ajena a todo lo que había anticipado, imaginado, temido.
No era la primera vez. Probablemente no sería la última.
El ascensor se abrió en la segunda planta. Volvió a su escritorio, guardó el documento resumen en un cajón —podría servirle para otra cosa— y abrió su correo.
Había treinta y dos mensajes. Ninguno de Lassalle.
Empezó por el primero.