Cuento

1. El país del negro

Publicado el 2026-10-14
1. El país del negro

La princesa india cuenta la historia de una tierra donde todos visten de negro y viven de luto. Cada habitante ha vivido la misma prueba: a un paso del amor perfecto, habría hecho falta paciencia y contención.



Cuando el viajero cruzó las puertas de la ciudad, creyó que era un luto real. Los hombres vestían de negro, las mujeres también, y los niños, y los ancianos sentados en los umbrales. Hasta los postigos eran negros. Solo los perros habían conservado su pelaje.
—¿A quién han perdido? —preguntó a un viejo que trenzaba juncos.
—A lo mismo todos —dijo el viejo sin levantar la vista—. Siéntate, extranjero. Empiezo por mí.


Contó que a los veinte años, una mañana de primavera, había encontrado un jardín que nadie conocía. Al fondo, junto a un estanque, una mujer se peinaba. Nunca había visto nada tan completo. Comprendió que ella lo esperaba, y comprendió también la condición, como se comprenden las cosas en un sueño: no debía correr, no debía hablar demasiado pronto, no debía tender la mano. Debía sentarse en la hierba, contentarse con mirarla y dejar que el día madurara.
—Aguanté hasta el mediodía. Luego pasó un cesto de frutas por la hierba y quise comer. Después corté una rosa, porque a mi mano le aburría esperar. Cuando el sol empezó a bajar, juzgué que ya había esperado bastante. Me levanté y le puse la mano en el hombro.


El viejo calló. Sus dedos seguían trenzando.
—Ya no había hombro. El estanque, el jardín, el perfume, todo se cerró como un párpado. Me encontré en un rastrojo, con una rosa marchita en la mano.


El viajero lo tomó por una locura singular. Pero de puerta en puerta oyó la misma historia, con otros jardines, otras frutas, otras impaciencias. Todos habían estado a un paso de la perfección y la habían perdido por un gesto de más. Poco a poco los habitantes de la ciudad se habían reconocido, primero en su pena, luego en sus ropas, y se habían instalado juntos.
—El negro no es un castigo —le dijo una mujer al viajero—. Es una memoria. Nos enseña a sostener lo que tenemos.


Se marchó al día siguiente. En el camino vio unas cerezas maduras en un ribazo. No las cogió, y se sorprendió de sí mismo. Se sentó, las miró largo rato y descubrió que eso ya era algo.

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